Pug - Carlino

 

ORIGEN E HISTORIA

 

El carlino es el «pequeño dogo de interior » más antiguo y el primero que se puso de moda. El origen del carlino ha motivado numerosas controversias. Se sabe que Guillermo I, estatúder de las Provincias Unidas en la segunda mitad del siglo XVI, no se separaba nunca de sus carlinos, seguramente en prueba de agradecimiento pues le debía la vida a uno de ellos. En 1573 durante la guerra que siguió al levantamiento de las Provincias Unidas contra España, un comando enemigo se disponía a entrar en el campamento de Guillermo para matarlo cuando este fue despertado por los insistentes ladridos del carlino acostado en su tienda. El perro había oído acercarse al enemigo por lo que dió alerta con sus ladridos y salvó así a su dueño.

El estatúder se mantuvo por siempre agradecido a la raza, agradecimiento que transmitió a sus descendientes. Su tataranieto Guillermo de Nassau, que llegaría a ocupar el trono de Inglaterra, llevó consigo sus carlinos a la isla. ¿De donde había sacado Guillermo el Taciturno esos perros tan curiosos que parecían molosos en miniatura? Parece ser que el tronco original del carlino procede probablemente de China. A comienzos del siglo XVII los occidentales empezaron a comerciar con los chinos y la Compañía holandesa de las lndias Orientales trajo a Europa artículos de lujo como la seda y curiosidades, entre las que figuraban pequeños perros Pai, favoritos de los emperadores chinos y que quizá eran versiones en miniatura del dogo del Tibet. Estas importaciones fueron posibles durante algunos decenios puesto que a partir de 1644, bajo la dinastía manchu de los Ts'ing, China se cerró por completo a los occidentales (hasta 1842) .

El carlino, que ofrece um parecido asombroso con el happa o pequinés chino de pelo razo, hace pensar, por otra parte, en las estatuillas chinas que representan un pequeño dragón, guardián de los altares y de los hogares domésticos.

A este extraño ser, síntesis de varios animales reales, se le solía llamar “perro de Fo” – es decir, de Buda - . En 1977, una importante exposición del Museo nacional de historia natural exhibió una docena que procedían de China y Vietnam: en conjunto, tenían muchas semejanzas, ya con los pequineses, ya con carlinos. Así, mientras que el común de los mortales había de contentarse con estatuillas de bronce, porcelana cerámica o madera, según sus medios, los emperadores tenían a su lado “perros de Fo” de carne y hueso. Estas pequeñas criaturas, que se consideraban sagradas, tiene cola enroscada encima de la espalda, igual que otros perros asiáticos como el dogo del Tibet, el chow-chow o el shar-pei.

La muy plausible hipótesis del origen chino del carlino lleva a rechazar tanto la de Oberthur, quien le atribuye una ascendencia egipcia cuando afirma que los faraones tenían perros semejantes (pero sin aportar pruebas), como la de Clifford Hubbard, según la cual el carlino era el perro sagrado de los aztecas. Tampoco se puede dar crédito a la explicación de Buffon que considera el carlino como una reducción del grande y del pequeño danés ni las de Cornevin 8que lo relaciona con el dogo de Burdeos) y Reul (para quien es un mastín en miniatura). En realidad, estos naturalistas y profesores de veterinaria han intentado ubicar el carlino según criterios morfológicos. Paul Mégnin fue el primero que comparó los calinos con las estatuillas religiosas chinas y encontró la clave del enigma.

A lo largo del siglo XVII el carlino se extendió desde los Países Bajos e Inglaterra a numerosas cortes europeas: radicalmente diferentes de los pequeños epagneuls, bichons y caniches que entonces estaban de moda, se convirtió en el juguete preferido de los medios aristocráticos. Las princesas rusas lo  tuvieron muy pronto, por lo que se pudo atribuir origen ruso a la raza. Existen numerosos testimonios pictóricos de grandes personajes que querían tener consigo un carlino cuando un artista los retrataba; otros llegaban incluso a mandar hacer el retrato de su perro. Así, entre los artistas franceses, Jean-Baptiste Oudry (1868-1755) recibió el encardo de Luis XV de retratar un carlino; a citar también las obras de Louis Michel Van Loo (1707-1771) y Francois Boucher (1703-1770); entre los ingleses, William Hogarth (1697-1764) hizo varios cuadros de su propio perro y sir Joshua Reynolds (1723-1792) pintó el retrato de la señora Weyland en compañía de su calino; en España, Goya (1746-1828) fue el autor del célebre retrato de la marquesa de Pontejos a cuyos pies reposa un hermoso carlino.

Fueron muchos los grandes personajes, desde María Antonieta a la reina Carlota, que tuvieron un espécimen de esta raza. Algunos individuos sarcásticos decían que muchas grandes señoras deseosas de hacer resaltar su belleza se hacían acompañar de este perro de físico sorprendente.

A pesar de estar tan cotizado, el carlino no estaba muy extendido. Por el contratio, era extremadamente raro, lo que, junto con el snobismo, hacía que aumentara su precio. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, los ingleses pudieron importarlo tras vencer el aislamiento de los chinos.

El carlino se convirtió entonces en “uno de los complementos imprescindibles para cualquier señora que estuviera al día” de la “high society”, hasta tal punto que Hugh Dalziel podía escribir en 1870: “hay una cantidad enorme de pug y se los ve por todas partes”. Judy asegura que en 1860 un espécimen de la raza alconzó el considerable precio de 150 libras esterlinas. Hubbard, por su parte, encontró el texto de un anuncio publicado en el Times, que constituye toda una prueba de la afición que despertaba el carlino y de la difusión de este perro: “Una pequeña hija de Belinda de Pope llora la ausencia de su fiel acompañante, un pug italiano de color leonado claro, de orejas cortadas, llamado Fido.”

En francia, la época en que el carlino estuvo más extendido fue el segundo Imperio; por mor de la anglomanía, la “buena sociedad” consideró el carlino como un signo externo de riqueña que era de buen tono exhibir. Pero la voga del carlino decayó rápidamente a finales del siglo XIX. Entonces fue suplantado por el pequinés, que se le parece un tanto pero un pelo mucho más suntuoso y un exotismo más nuevo. Además, la gama de perros de compañía pequeños aumentó gracias al nacimiento de la cinofilia que se dedicó a seleccionar varias razas de terriers. El eclipse de la popularidad del carlino se prolongó durante la primera mitad del siglo XX y, tras la segunda guerra mundial, este perro se hizo relativamente raro.

El carlino volvió a ponerse de moda gracias al duque y la duquesa de Windson que no ocultaban su preferencia por esta raza y que en las páginas de la prensa del corazón no descuidaban ninguna ocasión de salir fotografiados con sus carlinos o dedicarles algunas palabras en sus entrevistas. Con ello realizaron una verdadera promoción de esta raza, despertando de nuevo el interés a partir de los años sesenta sin que haya decaído después. Las camadas se multiplican en Francia desde 1970; 52 nacimientos den 1980, 90 en 1984, 104 en 1987. La población de calinos está en constante aumento en Francia y en 1988 superaba los 500 ejemplares. oPr comparación, se observará que en Gran Bretaña los nacimientos fueron 713 en 1986. Pero donde la raza está mejor representada es en Estados Unidos: 8.750 en 1986, lo que sitúa al carlino entre las 30 razas más apreciadas por los estadounidenses. En España se inscribieron 10 ejemplares en el Libro de orígenes en el año 1992 y 30 el año siguiente.

Todos los carlinos actuales han salido prácticamente de cuatro troncos de finales del siglo XIX: el de lord y lady Willoughby d’Eresby, que adquirieron sus primeros ejemplares, de color plateado, a un artista del music-hall quien a su vez se los había quedad en una gira por Rusia; el del restaurador Charles Morrison, que tuvo una gran difusión; el de Laura Layhew, propietaria del semental Click, de color albaricoque, de tronco chino, citado muy frecuentemente en los antiguos pedigrís; y, por último, el de lady Brasey, de ascendencia japonesa, que dio origen a la capa negra.
El nombre de carlino viene del italiano: en efecto, Carlino era el sobrenombre de un famoso actor de mediados del siglo XVIII, Carlo Bertinazzi, que formaba parte de la Comedia italiana instalada en París y actuaba de Arlequín (su máscara negra recuerda la cara característica del perro).
En Inglaterra se adoptó el nombre de “pug” derivado del latín pugnus, puño, que terminó significando “perro pequeño”.

Comportamiento

El carlino fue muchas veces objeto de acerbas críticas, hechas con una virulencia que resulta un tanto sorprendente. Según escribía un reputado cinólogo a primeros de siglo, “el carlino no es un adonis. Además es poco inteligente, huraño al máximo y desagradable con cualquiera que no sea su dueño”. El naturalista alemán Brehm insiste en la misma línea: “perro típico de solterona y cmo ella caprichoso, desabrido, sin inteligencia ni afecto. El mundo no perderá nada el día que desaparezca esta raza desagradable”. Y, por su parte, Paul Mégnin declara “no estoy muy lejos de los que encuentran horrible a este pequeño gozque […]. Sólo añadiría que es tan desagradable como el aspecto que tiene”. Diríase que todos los autores tenían algo personal contra el carlino…

Memos mal que contra estas requisitorias (que hacían quedar mal al carlino frente a las “nuevas razas”) se levantaron voces en su defensa. Así el profesor Robin: “el carlino tiene un cerebro capaz de comprender con el de los demás perros, pero es un aristócrata descendiente de un linaje muy antiguo, y es reservado y desconfiado y hasta un poco hostil con los desconocidos; no prodoga carias a cualquiera pero es en realidad un excelente pequeño perro de compañía capaz de mucho afecto y entrega con su dueño”.

Si se quiere hacer un balance objetivo, se comprobará que el mismo éxito que el carlino tuvo antaño se ha vuelto en su contra: algunos especímenes, excesivamente mimados por dueños demasiado superficiales, se volvieron de un carácter difícil. Pero el árbol no debe ocultar el bosque: el carlino, que por lo general tiene una personalidad bien definida, tiene muchos otros atractivos.

Pongamos en claro en primer lugar su reputación de perro gruñón: en realidad, el carlino es un perro extremadamente sensible, muy atento a los hechos y  gestos de sus dueños. Y si éstos no lo integran lo bastante en su vida cotidiana y no le hace caso, el perro se queda trastornado. Pero no hará reproches, y esconderá su enfado en un rincón. Delante de desconocidos, notiene nada del matasietes que parece ser: más tímido que arrogante, puede mostrarse algo desconfiado y reservado. El carlino, pues, tiene un fondo muy sociable, que no tiene por qué exteriorizarse forzosamente. En efecto, este perro, que parece gruñir, con una frente perpetuamente fruncida, amaga su juego y muchas personas que no lo estudien más a fondo sólo verán sus aires de estar aparentemente irritado o enfadado. Sin embargo, no hay que conocerlo demasiado para darse cuenta que es eminentemente simpático, abierto y juguetón, tranquilo y afectuoso. Nada le gusta tanto como un cojín mullido. El carlino tiene un sentido del confort muy británico, pero algo también de sabiduría oriental que le lleva a apreciar la delicada intimidad de un interior refinado.

Es raro que haga oír su voz in tanto rauca, relativamente grave para un perro tan pequeño. Pero no es mudo: gruñe, o mejor dicho, ronronea. Quienes viven cerca de él saben distinguir sus estados de ánimo por su manera de modular el ronroneo. Como todos los perros de hocico muy corto, tiene tendencia a roncar; pero no hay que exagerar: eso no llega nunca a molestar, al contrario de lo que ocurre con otros perros pequeños. De un natural fácil y ponderado, su temperamento está en función del entorno. Algunos ejemplares son muy tranquilos y particularmente afectuosos; otros; más graciosos, demuestran tener un cierto sentido del humor.

No es nada deportista. Le bastan cortos paseos y, a no ser por su tendencia a engordar, se le podría aconsejar a su dueño que respetara la inclinación del perro a no moverse de casa.

El carlino se educa bien y pronto, ya que comprende rápidamente lo que se espera de él y no plantea dificultades para conformarse. Con él hay que mostrarse ante todo cómplice y atento: entonces se apega de modo indefectible a sus dueños por los que sentirá una adoración sin límites que, sin embargo, nunca será excesivamente demostrativa.

El cachorro tiene un comportamiento algo diferente: tiene tendencia a ser turbulento, lo que obliga a mostrarse firme al principio. Su cola no está enroscada ni ronronea todavía y aquellos cuya capa se tornará beige la tienen antes gris oscuro pero este color desaparecerá progresivamente (algunas veces subsiste una raya oscura sobre el dorso que no es un defecto). En todo caso, la conformación general del cachorro no es muy diferente de la que tendrá en la edad adulta.

El carlino no se muestra agresivo con los demás perros. En realidad, muchos perros se quedan desconcertados por este animal que gruñe y sopla y que, como no es muy aficionado a dar brincos ni a saltar ni a dejar a sus dueños, tiene pocas relaciones con los demás perros.

El carlino tiene buen apetito, demasiado a veces, y se hará bien evitándole los dulces y las golosinas entre las comidas – cosa que no siempre es fácil en la medida en que comparta la intimidad de sus dueños –. Pero una buena higiene alimentaria adoptada desde el principio condiciona a menudo su buena salud y su longevidad. El carlino no es un perro de salud frágil o que tenga problemas. Es robusto y no muestra tendencias a tener eczemas o alergias. Su pelo no exige cuidados en la práctica y no huele ni siquiera cuando está mojado. En lo referente a salud, en todo caso, hay que vigilar regularmente tres puntos: los ojos que, a flor de cabeza, están sujetos a conjuntivitis y accidentes; las arrugas de la cara, que pueden infectarse; y, sobre todo, el exceso de calor y la exposición al sol.

Por lo general, la capa del carlino es plateada o albaricoque, que hace destacar su máscara negra y sus ojos brillantes. Pero también existen ejemplares de capa negra que, en la actualidad, son comparables con los otros desde el punto de vista de la conformación. Se autorizan los cruces entre capas, que hasta son necesarios por lo raros que son los especímenes negros. No existen grandes diferencias entre los machos y las hembras aparte de que el macho suele ser un poco más pesado.